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Medidas de choque para el desastre

Transversal | 08 de abril de 2020

Una mujer lee un folleto en la madrileña Plaza del Sol | Sergio Moreno López
Una mujer lee un folleto en la madrileña Plaza del Sol | Sergio Moreno López
El covid-19 es también parte de la globalización en la medida en que se ha expandido con rapidez al mundo desde la ciudad china de Wuhan a través del mercado y las personas. Ahora, poblaciones de todo el mundo aceptan y padecen el confinamiento recomendado por la OMS e impuesto por los gobiernos, con la limitación de sus derechos y libertades, porque comprendieron el mensaje de que “esa es la primera vía para ralentizar la expansión” de la pandemia. Por ello se prestan a renovar una cuarentena a razón de argumentos similares y que sigue provocando, sin miramientos, el shock y el desplome de la economía global. La herramienta legal para hacerlo posible en España ha sido el Real Decreto 463/2020 del 14 de marzo por el que queda declarado el Estado de alarma.

“En hibernación” o en coma por el “cerrojazo”, la actividad económica de la mayor parte del tejido productivo español ha entrado en una parálisis para la que no hay tregua, y que cohabita en muchas casas. La atención la acaparan el miedo en el ámbito sanitario y la incertidumbre en el económico, si bien el impacto del covid-19 es múltiple, en gran medida impredecible y profundamente transformador.

Ésta vez el enemigo proviene de nuestro cuerpo. Dice el profesor de la Universidad de Bolonia y filósofo italiano Bifo Berardi que tras meses de convulsiones sin perspectivas, nuestro cuerpo sobreexcitado se ve afectado por un “biovirus” que prolifera entre los cuerpos estresados, mata principalmente a los octogenarios y que ha provocado el colapso de “la máquina global de la excitación, del frenesí, del crecimiento, de la economía”. Mientras que una parte de la población integra ese grupo de personas dedicadas a mantener los servicios esenciales, otra, la que se mantiene confinada en sus domicilios, recibe mensajes contradictorios del vituperio político: se le insiste “Quédate en casa” –¡aíslate!–, y se le recuerda que “Estamos de luto” –¡resígnate!–.

La crisis nos ha dejado en estado de shock porque por primera vez el desplome no viene de los mercados financieros ni de los bancos en manos corruptas. Como en una suerte de economía de guerra, la actividad se ha reducido drásticamente de forma que personal sanitario, trabajadoras y trabajadores de la limpieza y los cuidados, farmacéuticos, reponedores, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y repartidores de empresas de logística sostienen la economía del país.

Pocas personas pueden negar que la crisis trae consigo el desmoronamiento de nuestro estilo de vida, que sin salud no habrá trabajadores y que el cuerpo de quienes continúan trabajando y exponiéndose al covid-19 no podrá aguantar sin la seguridad de los materiales de protección necesarios: mascarillas de calidad (FFP2 y FFP3, que tienen filtro respiratorio), guantes, gafas, batas, equipos de protección individual (EPI).

Medidas económicas

Las medidas de política económica planeadas e implementadas por el Gobierno de coalición en solitario para mitigar la recesión derivada de la pandemia ocupan más de 100 hojas del Boletín Oficial del Estado (BOE). Retórica y burocracia se han conjugado para crear el llamado “escudo social” de prestaciones para familias y las personas más vulnerables y normas improvisadas para mantener el empleo afectado por la crisis.

No tanto así para asegurar la continuidad de una mayoría de empresas: el Ejecutivo se ha negado a abordar medidas suficientes de liquidez y flexibilidad fiscal que mitiguen el impacto de la crisis sobre autónomos y PYMES, que representan el 99,8% del tejido empresarial. La postura del Gobierno, en palabras de la ministra de Economía, Nadia Calviño, es que el Estado, necesitado de brazos más que nunca, “no puede sustituir el conjunto de la economía”, y que es la Unión Europea (UE) la que ha de aportar soluciones en esta línea.

Mientras Europa continúa discutiendo sobre una salida comunitaria a la crisis, para la que se prevé un endeudamiento masivo de los Estados miembros, desde el inicio de la pandemia en España se han destruido casi 900.000 puestos de trabajo a causa de los ERTEs, el cierre de empresas y de la actividad económica no esencial.

El 0,2% del tejido productivo restante está representado por las grandes compañías, que con mayor facilidad pueden adaptar su actividad y soportar pérdidas que para las pequeñas y medianas empresas suponen, en la mayoría de casos, la quiebra. Además, cuentan con deducciones, medios y personal experto para hallar la fórmula de la eficiencia fiscal.

En la práctica, las grandes empresas aportan en impuestos una parte de sus beneficios menor que las PYMES. La contribución de las macroempresas a las arcas públicas del Estado se ha reducido aproximadamente a la mitad desde los 44.000 millones de euros en 2007 hasta los 24.000 millones en 2018. La Sanidad, que funciona gracias a impuestos, es hoy el pilar del Estado del Bienestar más importante y más necesitado de recursos. “Una cosa es la generosidad, siempre bienvenida, y otra es el compromiso solidario organizado a través de sistemas fiscales”, ha advertido el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell.

Las grandes del IBEX 35 como Telefónica, Iberdrola, BBVA, Santander e Inditex, entre otras, se han unido en una iniciativa para donar material hospitalario por valor de 150 millones de euros al Estado. Estas y otras acciones solidarias y auxiliares recuerdan a la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), es decir, al compromiso que las empresas desarrollan en diferentes ámbitos de actuación como la cultura, el medio ambiente o la salud por medio de su implicación voluntaria, y que embellecen su imagen a ojos de la sociedad. Dan cuenta de ello las becas para estudiantes que patrocina el banco Santander, o la fundación, en el caso de Iberdrola, de un voluntariado internacional como proyecto social con colectivos vulnerables.

¿Guerra Mundial contra el virus?

Algunos políticos han comparado la situación de crisis actual con la que se vivió en la posguerra española y en Europa tras la Gran Guerra. El historiador uruguayo José Rilla define la guerra total como aquella situación en la que todos los recursos estatales se ponen al servicio de la lucha contra el ataque externo, identificado esta vez con el covid-19. Hoy se percibe un clima de competitividad extrema para adquirir mascarillas, test diagnósticos y otros materiales, en el que la lucha por conseguirlos dentro del libre mercado demuestra que se han agudizado la rivalidad entre los países afectados y la brecha entre el norte y el sur de Europa. El filósofo esloveno Slavoj Žižek observa cada vez mas cerca una guerra médica, mientras se pregunta si no es momento de una "reorganización de la economía global" que no esté "a merced de los mecanismos del mercado".

Según cálculos del Banco Asiático de Desarrollo, el PIB mundial podría caer aproximadamente un 4,8% este año. Los países perjudicados por el covid-19 están insertos en una globalización donde la capacidad de producción está distribuida de forma desequilibrada. En este escenario, China ha conseguido el monopolio de la fabricación y provisión de ese material sanitario necesario que el resto de países apenas producen. Europa, América, África y Oceanía han perdido autonomía al tiempo que cedían al gigante asiático el papel hegemónico en la producción de todo tipo de industrias: farmoquímica, automotriz, electrónica, telecomunicaciones, aeronáutica.

 

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