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Danieles contra Goliat: ética periodística para derribar un imperio mediático

Mireia López-Sánchez | 23 de abril de 2020

Fotomontaje de la cabecera del proyecto periodístico de Daniel Samper y Daniel Coronell, ´Columnas sin techo´ | EsTransversal
Fotomontaje de la cabecera del proyecto periodístico de Daniel Samper y Daniel Coronell, ´Columnas sin techo´ | EsTransversal
Es para mí inevitable recordar el terror que sentí cuando en el primer año de carrera de Periodismo se inició en clase uno de los debates más eternos de este oficio: cómo garantizar la independencia de sus profesionales. Ni siquiera sé de qué asignatura se trataba, ni cómo se dio pie a tan acalorada discusión. Sólo recuerdo que salí de ese aula con unas ganas inmensas de renunciar. Y recién empezaba la carrera. Todo comenzó con un inocente comentario de un alumno al profesor: “Pero si nuestra continuidad en el trabajo depende de que hagamos lo que nos dicen nuestros jefes o directivos del medio, ¿cómo no vamos a pasar por el aro y hacer lo que nos mandan?”.

Por un ínfimo instante consideré que la opinión del compañero tendría una enorme oposición. Pero, para mi sorpresa, todo fue una decepción tras otra. Alumnos de entre 18 y 20 años, en su gran mayoría, tenían claro que su independencia como periodistas quedaría supeditada a los imperativos de jefes, anunciantes, accionistas y directivos, y lo peor de todo es que no estaban dispuestos a combatir esa realidad. Se conformaban con el statu quo, es más, lo defendían y excusaban.

Esa tarde fuimos unos pocos los que nos rebanamos los sesos, como si la vida nos fuera en ello, para encontrar los argumentos que hicieran entrar en razón a la inexistente pero necesaria “oposición”. ¿Tan pronto?, pensaba en mi fuero interno. Teníamos ganas, juventud y nada que perder, y la mayoría de nosotros ya se había dado por vencido. Hablaban de facturas, hijos, préstamos bancarios e hipotecas que eran cuestiones, hasta el momento, ilusorias. Creían que la independencia de un periodista era algo casi utópico y no estaban dispuestos a defenderla más allá de unos exámenes que implicaban vomitar conocimientos y resetear el disco duro.

Este recuerdo asaltó mi mente cuando el pasado 1 de abril el columnista Daniel Coronell publicó en Twitter que Grupo Semana, uno de los medios más importantes de Colombia, lo había despedido a través de un mensaje de WhatsApp. Unos días antes, Coronell había cuestionado en su espacio de opinión una noticia publicada por la misma Revista Semana en la que se hablaba del conglomerado español Grupo Prisa. En la columna, titulada Las orejas del lobo, Coronell criticaba: “La revista disfrazó de información relevante y de interés público un desquite contra un periodista radial que publicó informaciones molestas para algunos directivos de Semana”.

Las “informaciones molestas” a las que hacía referencia Coronell fueron emitidas en el programa dirigido por Julio Sánchez Cristo en la W Radio, emisora que pertenece al Grupo Prisa. La incómoda noticia anunciaba que Grupo Semana suspendía las ediciones impresas de cinco de sus revistas por 60 días tras nuevos despidos en el medio. Todo ello es entendible en el marco de la crisis que viven muchas empresas a causa del covid-19.

Sin embargo, la respuesta de Semana no se hizo esperar y lo hizo de un modo bastante cuestionable. Contraatacó con una noticia titulada Declive histórico del clan Polanco: su participación en el Grupo Prisa vale 4,2 millones de euros. Se ilustraba con dos retratos: el del fallecido fundador de Prisa, Jesús Polanco, y el del locutor de W Radio, Julio Sánchez Cristo, en cuyo espacio se hacía pública la información sobre las decisiones de Grupo Semana.

En su columna, Daniel Coronell criticaba la poca ética de usar un medio para hostigar a otros periodistas: “Julio Sánchez no está involucrado en el manejo administrativo del Grupo Prisa, ni es responsable del comportamiento de la acción del conglomerado en un mercado estremecido como lo han estado todos por el coronavirus. Simplemente, usaron su foto en una información, sin mayor interés público, para pasarle cuenta de cobro menos de dos horas después de la publicación radial”.

Por un lado, Semana hizo bien en publicar una columna cuyas palabras criticaban la mala praxis del propio medio. Por el otro, terminaron tomando represalias contra el periodista que las escribió.

Renuncia por solidaridad

Apenas unas horas después del despido de Coronell, el también columnista de Revista Semana Daniel Samper renunció a su espacio de opinión como muestra de solidaridad. Dos grandes pérdidas en un solo día para Semana, pues al despido del columnista más leído en Colombia se sumaba la renuncia del tercero en la lista, según una encuesta realizada por la empresa de análisis de datos Cifras y Conceptos en 2018. Las consecuencias de este acto han generado el mismo debate que surgió en aquel aula de primero de carrera, allá en Madrid. Sin duda, se trata de una discusión de gran importancia, y no sólo para los profesionales de la comunicación, sino para toda la sociedad.

La alternativa: columnas sin techo

El 12 de abril se estrenó la página losdanieles.com con La historia no contada, de Daniel Coronell, y Teletrabajen, vagos de Daniel Samper: un proyecto periodístico para seguir publicando sus Columnas sin techo. Apenas unas horas después de su apertura tumbaron la página. ¿Quién? No se sabe. Pero lejos de amedrentarse, compartieron a través de sus redes sociales las dos columnas, las cuales tuvieron una gran audiencia. Es más, ese día #LosDanieles logró la primera posición en las tendencias de Twitter en Colombia y en apenas 12 horas ya alcanzaban los 100 mil seguidores.

Entonces sentí que la ética periodística de los Danieles aplastaba de un manotazo los argumentos que esgrimieron esa tarde de 2014 una parte de mis compañeros de clase, como si de una mosca molesta se tratara. Dos trabajadores, con hijos y facturas reales en sus buzones, demostraban que la independencia de los periodistas no se vende y no se rinde ante los intereses de unos pocos. Que, como asumía Coronell en su columna, la información es un bien público y ésta está al servicio de los ciudadanos.

Es cierto que ni Coronell ni Samper se quedarán sin trabajo por mucho tiempo. Entonces nos queda una pregunta por contestar: ¿Sólo los periodistas de renombre tienen la oportunidad de defender los valores de la ética periodística?

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